l'inizio della tristezza
- Camila Alejandra Sarmiento Espinel
- 3 nov 2025
- 2 Min. de lectura

—Me yusstan las floress del kardín —murmuró suavemente, mientras su institutriz lo miraba con enojo y le arrebataba la hoja de las manos con fuerza, haciéndole entender que no había progresado nada.El niño mantuvo la mirada en sus manos, intentando que las lágrimas no salieran de sus ojos y le costaran una golpiza gratuita.
—Hai sbagliato, Dante. Hai sbagliato
Una bofetada atravesó su mejilla, mientras aquellas horribles palabras se repetían una y otra vez en su mente, haciendo que gruesas lágrimas rodaran por sus mejillas.
“Lo has hecho mal, Dante. Lo has hecho mal”, resonaba sin descanso dentro de su cabeza, propagando el llanto.
—Silenzio! —masculló la vieja mujer con ira. Tomó la pequeña mano del niño, levantó su rostro con violencia y murmuró—: Di nuovo. “Me gustan las flores del jardín.”
El pequeño estaba petrificado ante la mujer, mientras su rostro volvía a humedecerse por la tristeza.
—¡Di nuovo! —gritó la señora, haciendo que el pequeño se asustara más y no pudiera moverse.Otra bofetada atravesó su rostro, y un grito infantil llenó el aire.
—Ripete, Dante: “Me gustan las flores del jardín.”
Dante intentó calmarse para no volver a ser golpeado y miró sus manos.
—Me gusstan las floress del kardín —susurró con suavidad, antes de mirar a la mujer.
Ella apretó su agarre sobre la pequeña mano del chiquillo hasta hacerle gritar de dolor.
—Ripete: “Jardín.”
Estaba aterrado por el dolor, pero sabía que no se libraría sin pronunciar bien aquella palabra.
—¡Jardín! Jardín, jardín, jardín —masculló con desesperación, mientras tironeaba del brazo, suplicando su liberación.
—Molto bene, piccolo —susurró la institutriz, mostrando una escalofriante sonrisa antes de soltarlo.
Por primera vez lo decía bien, y lo felicitaban. Sonrió, sin atreverse a levantar la mirada.
—Farai trenta altri esercizi —murmuró la mujer, antes de salir del lugar.
Ya no le importaban los treinta ejercicios que debía hacer; había dicho bien las palabras en español y no podía sentirse más orgulloso. Esperaba ansiosamente contarle a su madre que lo había logrado, que ya estaba casi listo para ir a la nueva casa, en ese nuevo país.
Pero nunca podría hacerlo.
Su madre no volvería a hablarle, ni a consentirle.
Aquel día, su padre se encargaría de que nunca más escuchara la melodiosa voz de la mujer que le dio la vida.






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