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La porta rossa

Capítulo 1

Nápoles, Italia. 1844.

Papà, basta, per favore! —gritaba un pequeño niño con los ojos hinchados de lágrimas.

Giuseppe no escuchaba las desesperadas súplicas de su hijo, mientras la diminuta mano ardía bajo la marca del carbón encendido. Era el castigo que había ideado por una simple travesura del ojiazul.


Honey... non pensi che sia abbastanza punizione? —murmuró una angustiada mujer, madre del pequeño, con la voz quebrada en súplica, intentando poner fin al sufrimiento de su hijo y acallar aquellos gritos desgarradores.


Io deciderò quando sarà abbastanza! —gritó el hombre, aún sujetando la piel ardiente del niño, hasta que, unos segundos después, lo soltó. Los alaridos cesaron.

Tan pronto estuvo libre, el niño corrió a los brazos de su madre, que lo tomó con suma delicadeza, protegiéndolo de la furia paterna.


La mia piccola mano, mamma, la mia piccola mano! —sollozaba el niño, desesperado ante la carne viva que había dejado la quemadura. El dolor que invadía su cuerpo parecía enloquecerlo, transmitiendo una angustia insoportable a la madre, que hacía lo imposible por aliviarlo.


—Calma, tesoro. Mami está aquí para sanar a su angelito.


Las lágrimas no cesaban. La madre solo podía observar el sufrimiento de su pequeño de cinco años, mientras traía agua fría, tela y una vieja receta africana para calmar su dolor.

Finalmente, tomó la mano sana del niño y se dirigió a un cuarto olvidado tras una puerta roja.


—Solo déjalo tras la puerta roja, que mami se encarga, cielo —susurró, envolviendo su mano y secando las lágrimas de sus rosadas mejillas.


El niño, aún temblando, se recostó en el regazo de su madre.


—Pego, mami... p-papi ne ha quenado m-mi nanito —murmuró con voz quebrada, mostrando ya un rencor silencioso que crecería con los años.

La madre acarició su oscuro cabello y secó una lágrima propia.


—Ya curamos tu herida tras la puerta. Afuera, eso nunca pasó. ¿Entiendes? Lo malo se queda aquí; lo bueno, con nosotros —dijo con la voz más tierna que pudo.


—¿Papi ya no ne quemo la mano? —preguntó el niño, confundido.


—Así es, cariño. Ahora dejamos ese horrible recuerdo aquí y salimos sin él. Afuera ya no pasó nada. Este será nuestro nuevo juego, ¿aceptas, mi ángel?


Sí, su plan era descabellado, pero no podía permitir que un niño de cinco años aprendiera a odiar a su padre, por más cruel que fuera.


—Sí, mami... —susurró el niño con una débil sonrisa, dispuesto a seguir su juego.


Capítulo 2

Nápoles, años después.

—¡Bienvenido a casa de nuevo, hijo! —gritó su padre desde la puerta de la mansión, recibiéndolo con un gran abrazo y una sonrisa orgullosa.


—¿Padre...? —murmuró Dante, confundido, separándose un poco para tocarle los brazos, incapaz de creer que estaba en casa.


—¡Mi héroe de guerra! ¡Mi orgullo, el sargento Salviati condecorado! —repitió el hombre, conduciéndolo al interior de la casa.


Dante observó una mesa con varias medallas militares:

Sargento Mayor Dante Salviati.
Condecoración militar.
Cumplió exitosamente su servicio, demostrando un desempeño intachable ante circunstancias adversas.
 Es dado de alta con honores

—Claro que sí, hijo mío —dijo Giuseppe, acariciando las medallas con devoción, como si su orgullo estuviera en ellas y no en el propio muchacho.


—¡Katimba! ¡Katimba! ¡Trae el festín por la llegada de mi hijo! —gritó el hombre, desapareciendo hacia la cocina.


Dante, aún desconcertado, se sentó con una sonrisa leve, intentando recordar el último momento antes de volver a Nápoles. Todo parecía demasiado perfecto. Solo faltaba verla a ella, la luz de sus ojos.


—¡Padre! —llamó con entusiasmo, dispuesto a preguntar por su hermana Evangelina, pero el crujir de una ventana lo distrajo.


Giuseppe volvió apresurado, intentando apartarlo de la puerta.


—¿Qué fue eso? —preguntó Dante, mientras su padre insistía en llevarlo a la cocina.

—Nada, hijo. El pueblo está de fiesta, los jóvenes que marcharon están regresando —respondió, pero su sonrisa parecía forzada.


Dante quiso salir, pero su padre lo detuvo de nuevo.


—No te pierdas tu celebración, Dante.


Él frunció el ceño y se liberó del agarre, abriendo la puerta lentamente.

Afuera, una multitud de mujeres, hombres y niños lloraban y gritaban.


—¡Asesino! —se oyó a la izquierda.—¡Cobarde! —a la derecha.


El caos crecía. Su padre intentó empujarlo hacia dentro, pero Dante se resistió.


—Padre... ¿qué pasa?


—¡Maldito cobarde! ¿Dónde está mi niño?! —gritó una mujer entre sollozos.


—No entiendo, señora —respondió Dante, confundido, al verse rodeado de rostros distorsionados por el dolor y el odio.


—¡Usted lo mató, sargento! ¡Usted mató a mi hijo! —le gritó un anciano, tomándolo de la chaqueta—. ¡Tenía solo dieciséis años!


—También mató al mío —añadió otra voz desgarrada.


Cada acusación se clavaba en su mente. Su respiración se aceleró, y su entorno empezó a girar.


—Y mató a mi esposo —dijo una joven con una niña pequeña de la mano.La niña se acercó, con lágrimas en los ojos.


—¿Por qué mató a mi papito? ¿Ya no va a volver?


Dante retrocedió, aterrado, pero la multitud lo cercó. Las voces se mezclaban en un coro de dolor. Viudas, padres, huérfanos, amigos… todos reclamando justicia.


—¡Sargento! ¿Recuerda a Nickolas Smith? ¿Por qué lo dejó morir?

Nick... su compañero. Su amigo. Lo había visto morir. Recordaba sus ojos desvaneciéndose mientras se aferraba a la vida.


—Yo... yo no quise que Nick... —susurró, cayendo de rodillas.


Rodeado por los fantasmas de sus víctimas, rogó piedad. Él nunca quiso matar a nadie. Nunca quiso ir a la guerra. Pero en el campo de batalla no hay opciones: matar o morir.

Mientras caía en la desesperación, comprendió la verdad.

Aquello no era la realidad.

Era la bienvenida al interior de la puerta roja.

El umbral de su propio infierno.

Capítulo 3

Se mantuvo quieto y arrodillado en el suelo, mientras su respiración acelerada llenaba el silencio y su sudor caía por su frente, con los ojos cerrados con fuerza y el labio roto de tanto morderlo. No podía imaginar la tortura que le aguardaba después.

 

—Ya párate, cobarde. Esto hasta ahora empieza.— Susurró aquella voz que tanto le había acompañado. Abrió los ojos y se vio con las ropas que utilizaba en Nápoles nuevamente, mientras unos zapatos negros le devolvían la mirada.

 

—Dan, en serio. Esto es ridículo...— Levantó la mirada y se vio a sí mismo con un traje negro elegante. Su otro yo le devolvió una sonrisa y le ofreció la mano para ayudarle a levantarse, pero se negó y se levantó solo sin poder dejar de mirarle.

 

—Sí, sí. Somos idénticos. Supuse que entrarías en crisis al verme. Mucho gusto, Dan. Soy Dan— El otro yo sonrió abiertamente y le tomó por los hombros para empezar a caminar.

 

—Verás. Dentro de la puerta roja, hay toda una mansión llena de habitaciones con tus recuerdos y tus alucinaciones... Mis creaciones. Yo, por mi parte, soy la representación de tu trastorno por estos lares y el que controla todo aquí... Hora de divertirnos.— Mientras éste hablaba, le acercó a una puerta y la abrió para que Dan se asomara, pero se negó. Entonces, el piso empezó a arrastrar sus pies hacia el cuarto y todo volvió a la oscuridad.

 

—Señorita Evangelí. Señorita Evangelí ¿Qué hace despierta?

 

Una luz encendió la habitación, mientras Katimba corría con una vela detrás de los cabellos de su hermana.

 

—Has silencio, por amor a Dios. Dan puede volver en cualquier momento y debo tener todo listo.— Murmuró la joven ojiazul, mientras arreglaba las pocas pertenencias que quedaban de él en la mansión Salviati.

 

—Señorita vaya a descansar y organiza eso mañana.

 

—No, Katimba. Si mi hermano llega en la noche, debe tener donde descansar y ropa para cambiarse. Lleva 7 meses durmiendo en quién sabe qué y estoy segura que extrañara su cama.

 

La chica continuó arreglando el viejo cuarto de su hermano, hasta que unos pasos le interrumpieron.

 

—¿Qué se supone que hace aquí, Evangelina?— Anunció con voz firme el padre de la menor.

 

—P-padre... Estoy arreglando la habitación de Dan para su regreso— Respondió ella deteniéndose en seco y mirándole fijamente.

 

—Ya veo... Katimba, váyase y que nadie se acerque a esta habitación— Ordenó el padre, cerrando la puerta ante la salida de la esclava y mirando a la chica.

 

—Dante no vendrá, Evangelina. Fue dado de baja hace una semana— Comentó el padre tranquilo, mientras se sentaba en la antigua cama de su hijo.

 

—¿Q- Qué...?

 

La chica, que aún tenía una de las camisas de su hermano en la mano, se deslizó hasta el suelo mientras abrazaba la tela y negaba aguantando las lágrimas.

 

—No... No... Él, él me prometió que volvería... Él me lo dijo— Susurró reincorporándose con velocidad y desafiando a su padre. Éste se levantó y abrió el primer cajón de la mesita de noche, para sacar una carta y dejarla en las manos de la joven.

 

—Léala— Ordenó volviendo a su sitio, mientras la joven abría la carta con rapidez y acomodaba algunos de sus largos cabellos para poder centrarse en la carta.

 

"En el nombre de las fuerzas militares de los Estados Confederados de América acompañamos a la familia Salviati en su dolor por la pérdida del Sargento Mayor Salviati Dante, dejando un gran vacío en la institución y a la vez un buen recuerdo por sus buenas acciones y ejemplo para nuestros soldados, destacando su honestidad y respeto a la institución; ya que las misiones de búsqueda y rescate fueron infructuosas y la institución lo da de baja.
A las 16 horas del día 23 de abril de 1864 se da por terminado el reporte hacia la familia Salviati sobre la desaparición del Sargento Mayor Salviati Dante y dado por fallecido a las 23 horas del 5 de mayo de 1864.
Atiéndase y cúmplase.
Firma el comandante del batallón N° 26, de las Fuerzas militares de los Estados Confederados de América.
Mayor General Raphael Semmes."

 

—E-Esto dice q-que lo están buscando— Murmuró limpiando unas lágrimas que caían rápidamente y se sentó al lado del hombre.

 

—M-mire, padre. Hablan de misiones de búsqueda y rescate. L-lo pueden encontrar— Agregó empecinada en su absurda y esperanzadora idea.

 

—¡Esta muerto, Evangelina! ¡Lo mataron en combate y no volverá!— Gritó el hombre haciendo añicos la mesa de noche cercana a él y las cosas sobre esta. La chica negaba entre lágrimas y abrazaba la carta. Inmediatamente, todos los bonitos recuerdos con su hermano pasaron por su mente y abrieron una herida directo a su alma, pero entonces la mirada de su padre cambió y el miedo le invadió a ella.

 

—Y como no volverá... Ya no hay quien se interponga  entre nosotros dos...

 

El hombre se acercó peligrosamente a ella y la acorraló entre la cama y su cuerpo, para rasgar sus vestiduras con violencia.

 

—Ya eres toda una mujercita, Eivy.

 

La chica negó rápidamente, mientras lloraba y se retorcía, pero nada lo iba a hacer cambiar de idea.

 

"—No quiero ver eso.

—Dan, no tienes opción. Este es mi mundo y yo ordeno que lo hagas.

—¡Es mi hermana!

—Nuestra, querido. Nuestra...

—Entonces sabes que no queremos verlo.

—Yo no voy a verlo. Tu si. Y ni intentes quitar la mirada, la escena te perseguirá."

 

Rápidamente, el hombre acarició el cuerpo ajeno con suciedad y morbosidad en cada mínimo acto. Su repugnante mirada viajaba por el cuerpo de su hija, para dejar violentas mordidas en sus pezones que la hicieron gritar de dolor y dejar unos cuantos hilos de sangre rodando por su pecho. Luego se deshizo de su ropa y unió sus labios con los de la menor, mientras este le evitaba con asco, más no con la suficiente fuerza para deshacerse de él.

 

—Padre... Por favor...

 

Pero no, el hombre siguió sus caricias mientras ella gritaba y se retorcía.

 

—Mi pequeña Eivy virgen, mujercita...

 

Y con eso, el padre entró con una embestida fuerte y violenta que sacó lágrimas del joven rostro y un grito desgarrador que la dejó sin fuerzas, mientras repudiaba que su cuerpo respondiera ante tan asquerosos toques.

 

Cada embestida en su cuerpo le desgarraba el alma y el dolor le invadía, pero su cuerpo respondía con excitación proporcional al asco que su mente generaba por sí misma.

 

—¡¡Basta!! Basta ya, por favor...— Gritaba y se retorcía, suprimiendo gemidos mientras intentaba safarse, pero fue inútil. Su padre se corrió dentro de ella y unos segundos más, la chica le siguió, mientras lloraba y rasguñaba su propia piel en desesperación.

El hombre dejó unos cuantos besos más en sus mejillas y su piel, para salir de ella, vestirse y desaparecer, dejándola con su dolor en completa oscuridad.

 

—Hermanito... ¿Dónde estás, hermanito mío?— susurraba arrullándose a sí misma y tapando sus senos con las manos en un intento por calmar el dolor. Su interior aún dolía, pero nada se comparaba a la gran herida que su alma empezaba a cargar. Mucho dolor para una noche...

 

."—¿Ves? También arruinaste la vida de nuestra pequeña" ¿Qué tan maldito monstruo hay que ser para lastimarla a ella?

—N-no T-tuve opción...

—Siempre una excusa, Dan…


Y con eso, él también volvió a la total oscuridad."

Capítulo 4

En medio de la oscuridad caminó hasta toparse con algo y simplemente se deslizó hasta el suelo, para abrazar sus rodillas y morder la falange de su dedo pulgar en un vano intento de calmar el castañeteo de sus dientes.

El sudor y las lágrimas se entremezclaban en sus mejillas, mientras la escena del sufrimiento de su hermana se repetía una y otra vez en su mente, haciéndole revolverse una que otra vez al ritmo de su respiración entrecortada.


No podía describir el dolor que su alma le hacía sentir, un dolor que se transformaba en una flama consumidora en su pecho. Era su culpa, era su maldita culpa por no aguantar hasta el final y volver a casa a defender a su pequeño ángel; pero, ¿qué era lo que no resistió?


—¡Dan! ¡Despierta, Dan! Parece que hay soldados de la Unión cerca—escuchó primero en un susurro que rápidamente se transformó en gritos. Levantó la vista y sólo así notó que tenía los ojos cerrados, obedeció a la voz y se vio en medio de un bosque con un grupo de soldados mirándole.


—Están a unos metros, sargento...— susurró un joven de cabellos claros... Jacob.


—¿Qué ordena, sargento?— preguntó otro a su lado... Thomas.


Las miradas expectantes le causaron un leve dolor de jaqueca, pero rápidamente se concentró. Entonces empezó a reconocer todos los rostros a su alrededor y recordar lo sucedido: acababan de salir huyendo de una emboscada de la Unión en el batallón 26 de los Estados Confederados. Ahora iban hacia otro batallón en el sur tomando los bosques como atajo para no ser hallados, pero parecía que no había funcionado.


En su compañía tenía a once soldados, todos menores de veintitrés años y realmente inexpertos y asustados. Entre ellos estaba uno de sus grandes amigos de batallón, Nick. Él era un chiquillo de dieciséis años con el que compartía historia: familia disfuncional, padre violento, estadía obligada en la guerra. La diferencia yacía en que él era un chiquillo y Dan no podría perdonarse dejarle a la deriva.


—Vamos a dividirnos. Cinco de ustedes tomarán por el norte al otro lado del río y cinco se quedarán conmigo a este lado. El otro correrá por el río para atraer a los soldados hasta nosotros y, en cuanto pasen, abrimos fuego. ¿Dudas?


Gracias a su tiempo de guerra, su voz había adquirido un tono autoritario y seguro, aunque estuviese improvisando un plan que no sabía si funcionaría.


—Amm... sí, sargento. ¿Quién será la carnada?


Pensó unos segundos y los miró a todos. No tenía idea de si la carnada saldría viva, pero era algo que no diría.


—¿Quién se ofrece?


Inmediatamente intercambiaron miradas, hasta que uno de los más jóvenes levantó la mano.


—Supongo que yo... no soy bueno disparando.


Dicho eso, se dividieron en cuanto oyeron los pasos; pero con algo no contaban los soldados: la Unión había enviado más hombres de los que esperaban.


—Dan, por Dios. Vamos a morir— exhaló Nick, aferrándose a su arma.


—Junto a mí. Es una orden.


El chiquillo asintió repetidas veces, mientras él ordenaba el alto al fuego de sus hombres.


—Muy sabia decisión, sargento Salviati— gritó el general mientras bajaba de su caballo y los soldados corrían a apresar a sus hombres. Era su fin.


Cuando estos llegaron a su encuentro, todos se encontraban de rodillas a los pies del río y con las manos en sus cabezas, símbolo de rendición.


—Un sargento mayor y unos cuantos soldadillos...— El general dio la orden y un par de soldados tomaron a Dan por los brazos para llevarlo frente a él.


—Lo mataría, sargento, pero sé que tiene información valiosa para mí...


Dan no dijo una palabra, pero su mirada suplicaba por vida.


—Matenlos a todos y vámonos— bramó el general, pero Dan gritó suplicando por cada uno. Fue tarde. Las balas atravesaron los rostros y cuerpos aterrados de cada uno de su tropa, mientras Dan admiraba el genocidio y veía cómo la vida abandonaba los rostros con los que había compartido día y noche durante aquellas dos tortuosas semanas que parecían siglos.


Un sonoro bramido de los labios de Nick taladró su mente, mientras se despedía con lágrimas de muerte.


—G-gracias— sonrió el chiquillo y se entregó a la muerte, dejando en claro que apreciaba todo lo que Dan había hecho por él. Lo poco que había hecho...


Él simplemente gritaba desesperado, mientras las cadenas en sus manos le obligaban a caminar sin darse cuenta hacia dónde, hasta que los cuerpos desaparecieron de su vista.


Pronto se encontraba en medio del bosque, atado de las muñecas a una rama alta y rodeado por generales y oficiales. Clamaban información.


—Último aviso. ¿Cuál es la ubicación del batallón del sur?— susurró en toda calma el general en cuestión, pero Dan no daría muerte a sus compañeros.


—Eres un soldado leal... Lástima que eso no te salvará.


Y con eso, un doloroso ardor le invadió la espalda: el impacto de un látigo con una punta de acero empezaba a desgarrarle la piel. Gritos y desesperados zarandeos llenaban el aire, mientras clamaba que detuviesen la tortura.


En medio de todo el dolor, Dan pudo reconocer algo diferente en aquel acto: aquellos golpes que le desgarraban la espalda se entremezclaban con tortuosos choques eléctricos por todo el cuerpo... choques que había conocido en su entrada a Nápoles.


Aquello no era real nuevamente, por lo que centró su mente en salir de allí, pero el dolor lo mantenía atado a su recuerdo.


—¡Basta! Os suplico por amor a Dios, ¡basta, por favor!— rogó desesperado, admirando pequeñas gotas de sangre que rodaban de su espalda al suelo. Ya sentía la inconsciencia cerca.


—¿Dónde está el batallón del sur?— gritó el general, apuntándole con una pistola. Dan sólo pudo levantar el rostro con dificultad y negar. No iba a dar muerte a esos soldados. Nunca.


—¡Seguid!


Los látigazos eran cada vez más insoportables y Dan ya no tenía fuerzas para gritar o retorcerse, sólo un leve estremecimiento cuando le golpeaban.


—Si no habla, sargento, lo mataré.


Soltó un suspiro, sabiendo que sería el último, y negó, para sentir un choque eléctrico atroz en su pecho. Una bala había entrado, pero el dolor no era igual. Inmediatamente, la vida empezó a abandonarle hasta que sus manos fueron liberadas y cayó al suelo sin fuerzas. Nuevamente estaba dentro de la puerta roja.


"—Un soldado valeroso. Te admiro— murmuró su otro yo, mientras hundía sus dedos en las heridas abiertas de su espalda y pasaba las uñas por su carne viva.


—Siempre fuiste bueno actuando... Este es tu mejor papel. Fingir querer morir valerosamente por gente que no conocías.


—L-lo hice p-por eso...


—Mentira. Lo hiciste porque sabías que no podías volver. ¡Siempre has buscado a la muerte y mira! La tenías tan cerca que aprovechaste.


—Mientes.


—¡Soy tu mente! Recuerdo perfectamente tu alegría al saber que morirías. Paz por no volver a casa... eso pensaste, ¿lo olvidas?"


Tenía razón. Era eso lo que debió enfrentar y seguir luchando. Era por eso que su hermana estaba sufriendo. Era eso lo que le trajo a Nápoles: su egoísmo por huir de las sombras, por dejar el dolor, por dejar de respirar si era necesario.

Capítulo 5

"—Hubieses hablado...— mencionó su otro yo, abriendo nuevamente sus heridas en cuanto su vampirismo las cerraba. El vampiro no podía hacer más que gritar de dolor e intentar alejarse, pero parecía ser uno con su otro yo... Porque lo eran.


—E-ellos no murieron y es lo único que me importa— susurró, temblando ante la tortura del contrario.


—Sí lo hicieron, en realidad. La guerra la ganó La Unión. ¿Y de qué hubiese servido si vivían? Has matado casi la misma cantidad de soldados que habían allí, en Nápoles.


La tortura cesó, dándose a sí mismo unos segundos para recomponerse y girar hacia el joven.


—¿Cómo...?

Pero ya no había nadie."


Inmediatamente apareció en el bosque de Nápoles, junto con su otro yo enfrente.


—Si te sirve de consuelo, no eres un psicópata... Eso es cortesía mía— murmuró, mientras jugaba con un brazo desmembrado. —Tú eres sentimental y melancólico, y yo simplemente no lo soporto. Es por eso que te he regalado las bondades de ser yo al entrar aquí, y compenso tu conciencia con este lugar... La casa de tus víctimas.


A lo lejos pudo ver la aterradora puerta, sabiendo perfectamente a lo que se refería.


—¿Nunca te preguntaste por qué no recordabas a quién matabas?


Tragó saliva y miró el suelo, aún con leves temblores y un vano intento por controlar todo lo que había vivido.


—Sinceramente, prefería no pensar mucho en eso.


El contrario soltó una carcajada y, bajo sus pies, se creó un nuevo río de sangre.


—Qué suerte. Ahora lo harás, mi querido Dan.


Rápidamente la imagen cambió y ahora había varios muchachos y jovencitas frente a él, parados en medio del río.


—¿Por qué?— susurró una de ellas, mientras se acercaba a él y empezaba a llorar.


—¡¿Qué te hice yo?!— gritó desesperada, y él dio un paso atrás. Negaba continuamente, mientras todos a su alrededor comenzaban a mancharse de sangre y las heridas en sus cuellos se abrían. Inmediatamente, su rostro cambió, cediendo ante el olor.


—¡¡Eres un monstruo!!— volvió a gritar la chica, mientras un grito estridente y desesperado la acompañaba. Cayó de rodillas, mostrando su cuello.


Dan no tenía ni una pizca de control sobre su cuerpo, y pronto se vio con los colmillos clavados en la herida.


—¡Quiero vivir, quiero vivir! ¡Se lo suplico, señor!— chillaba mientras se sacudía y lloraba.


Dan luchaba por separarse, pero todo era en vano. Estaba atrapado en su propio cuerpo. La vida se le escapaba entre las manos a la muchacha y la euforia le llenaba.


Tan pronto como se le permitió separarse, se acercó a ella y se chocó con unos ojos vacíos. Estaba muerta.


—¡No, no, no! Vamos, vive, pequeña. Tú puedes... No, no te vayas, te lo pido...— murmuraba mientras tomaba el cuerpo en brazos y la animaba. Era tarde.


De pronto, unos chiquillos corrieron hacia la muchacha acompañados de un hombre, y lloraron sobre su cuerpo, clamando que la chica volviese a la vida.


—Hermana, Cass... Vamos, no te vayas...— gritaban frente a él, mientras admiraba cómo había dejado a un par de hermanos sin su hermana mayor y a un padre sin su hija.


Inmediatamente sintió cómo su cuerpo rechazaba la sangre recién tomada, y arcadas expulsaban el líquido para dar paso a la siguiente víctima.


Toda una noche para matar a todos los que había asesinado en Nápoles. Uno por uno, sin la capacidad de olvidar sus angelicales rostros perdiendo la vida, y sus cuerpos siendo despojados de ella, para admirar posteriormente cómo la familia y los amigos de cada uno clamaban por su regreso.


Un chico rubio, Josh; una pelirroja, Amy; una niña castaña, Rossie; un chico castaño, Arnold; una joven de cabellos tinturados, Cass... y unos cientos de otros nombres llenaban su cabeza y le recordaban todo el pasado tormentoso de cada uno.


Hogares disfuncionales, violaciones, maltrato, muertes de familiares, soledad, desamor, pérdida. Todo pasaba frente a sus ojos y le hacía sentir en carne viva cada pena de cada una de sus víctimas... Todos esos recién llegados a Nápoles.


Cada historia perforaba su alma y le dejaba una rasgadura imposible de curar, pues era una vida que estaba intentando escapar de un dolor indescriptible y ahora esperaba tener un nuevo futuro en Nápoles; pero todo lo había truncado un egoísta vampiro que creía que su sufrimiento era único y el peor.


Nuevamente su mente volvió al bosque de Nápoles y volvió a oír las súplicas de cada una de sus víctimas, mientras le rodeaban completamente manchados de sangre y con rostros vacíos.


Cada uno suplicaba por sus sueños, por sus metas e ilusiones; pero él no los había escuchado y había tomado hasta la última gota de sangre ajena.


Sangre que ahora le quemaba las entrañas y salía de su sistema con violencia, buscando salidas como su boca, sus ojos, su nariz y sus oídos, invadiendo cada conducto como si fuese ácido hirviendo lo que le recorría.


Eso, junto con los gritos ensordecedores de los asesinados, lo llevaban rápidamente a un nuevo límite de la locura, mientras se aferraba a esta con las últimas fuerzas que poseía y repetía en su mente: “No es real, no es real”, pero no podía convencerse. Al final, se sentía muy real.


Justo cuando empezaba a ceder su cordura, todo volvió a las sombras.

Capítulo 6

"—Ahora, querido doble... Yo siempre me pregunté qué pensaría Lily si me conociera... Si nos conociera.— Dan parecía observarle, pero su mirada se encontraba perdida en aquel infierno.


—¿No has tenido la duda? Cada vez que matas por mí, casi veo su rostro.


Aquel alter ego notó cómo su víctima empezaba a rendirse, sabiendo que su trabajo estaba casi terminado y que solo faltaba la estocada final para acabar con su conciencia. Conciencia que siempre solía interponerse para dañar sus planes.


—O que supiera de tus juegos con aquella hermosa vampiresa... Admito que ha sido de mis mejores ideas.— Comentó con una sonrisa.


—Basta...— alcanzó a susurrar, volviendo la vista a su alter ego.


—Aunque... eres un traidor por naturaleza.

Nuevamente, aquella oscura versión desapareció.


Nuevamente Dan se encontraba en medio del bosque, como si nunca hubiese probado el infierno de las últimas horas... o días; pero no podía ilusionarse ante la idea de que ya fuese libre.


Unos segundos después, volvió a ver su ropa manchada de sangre ajena y una jovencita muerta entre sus brazos. Inmediatamente la soltó con la mirada aterrada.


—¿Dan?— giró el rostro y vio a la mujer de su corazón de pie, mirándole con horror.


—M-mi pequeño... ¿q-qué has hecho?— murmuró la mujer, acercándose con velocidad a él y poniendo la mano en su mejilla para admirar la sangrienta escena.


—Ma-mamá...— Miró a la chica que yacía muerta y luego a los ojos de su madre. Su expresión preocupada cambió rápidamente a un rostro lleno de pánico y... decepción.


—¿Q-qué pasó contigo? ¿Por qué hiciste esto, Dante?— Se alejó rápidamente, negando. En ese momento notó que sus colmillos y sus ojos mostraban claramente su nueva naturaleza.


—Madre, yo...


La mujer soltó un rotundo "no" con un grito y se plantó frente a él, señalando su rostro.


—Tú... tú no eres mi hijo. ¡Yo no di a luz a un monstruo!


Sus ojos, aún carmesí, se abrieron aterrados y se acercó a ella negando. Podría perderlo todo... menos a ella. Ella había sido su vida, aún después de su partida.


—No, no, no. Madre, sigo siendo yo. Es... es...


Por fin logró esconder sus colmillos y mostrarse como una persona normal. Sin embargo, no podía quitar la sangre ajena, la mayor muestra del depredador que llevaba dentro.


—Cuando te perdí... algo pasó en mí.


—Sí, Dan. Lo que pasó es que eres hijo de Guisseppe.


Lágrimas llenaron los ojos de la mujer al tomar la ensangrentada mano de su hijo.


—Hice todo lo que pude para evitar que fueras igual que ese demonio, pero era inevitable. Su maldición está en tu sangre y ahora perdí a mi ángel... y el diablo lo tiene en sus manos, porque no fui capaz de protegerte.


—No fue tu culpa, adorada madre...


—Silencio. ¡Yo nunca seré la madre de un monstruo!


El aire despectivo en el rostro de su madre fue el golpe final. Claramente la había decepcionado y no podría perdonarse eso.


—¡Madre, no hagas esto, por favor!


La mano ajena chocó fuertemente con su mejilla, dejándole en completo silencio.


—Usted no me es conocido, caballero.


Su postura volvió a adquirir la elegancia acostumbrada y su rostro tomó completa indiferencia.


—¡No puedes decirme eso ahora! ¡No tú!— le gritó casi en una súplica, pero todo parecía en vano.


—No deseo seguir una charla con usted. Me retiro.


Y allí se quedó, de pie, admirando cómo ella se marchaba. Si su alter ego quería torturarle, aquello parecía la estocada final.


Bajó el rostro y susurró como un ruego al altísimo:


—Lo siento, mamá. Lo siento mucho. Por favor, dame una oportunidad para hacerlo bien...


Pero ya la había perdido, y una parte de sí volvía a marcharse con ella. Ya era demasiado tarde para poder arrepentirse de todos sus pecados y, aunque estaba seguro de que era su mente la que creaba dichas imágenes, Dan podía estarlo aún más de que su madre no habría podido aceptar su nueva naturaleza ni lo que conllevaba.


Si su padre era un monstruo, Dan era el diablo en persona.


Tristemente, aquella tortura no parecía ser suficiente, pues apenas giró hacia la muchacha muerta, el pánico le invadió y perdió todas sus fuerzas: era Elizabeth.


Una victoria unánime para su alter ego.


Aún no sabría qué seguía, pero estaba seguro de que nada volvería a ser igual nunca más. No cuando había visto ante sus ojos sus más grandes temores.


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