Attraverso l'armadio
- Camila Alejandra Sarmiento Espinel
- 4 nov 2025
- 11 Min. de lectura

Sabía que no iba a terminar bien, siempre lo supe. Y es por eso que ahora me culpo por ello, me culpo por no irme antes y haberlo salvado. A veces me pregunto si algo hubiese cambiado si hubiésemos escapado juntos, si no lo hubiese dejado a su suerte ante aquel monstruo. Pero nadie vive de arrepentimientos, nadie vive de sueños enterrados. Ahora sólo queda esperar y verlo crecer sin poder más que rogar a quién sea por un segundo en el que cambiar su rumbo, pero es inútil. Cada día él se ve más lejos de lo que algún día fue, cada día sus ojos pierden aquel brillo infantil con el que me miraba y una oscuridad profunda parece dominar el azul de su mirada. Y se siente como un puñal atravesándome porque todas las advertencias fueron en vano.
En parte creo que es mi culpa, y no sólo por mi falta de decisión sobre su bien y el mío. Es por su mirada ese día.
Ese día sabía que era hora de irnos, ya había planeado todo. ¿Los dos juntos y solos? Sonaba como una pesadilla, pero quedarse era una condena de muerte… De verdad lo era. Ese día alisté a mi hijo con su mejor ropa, él no tenía que sufrir por mis decisiones. Mi hermana llegó como de costumbre con mi sobrina y una canasta de frutas, junto con una sonrisa radiante frente a todos. Pero la sonrisa se borró cuando los sirvientes se fueron retirando y los niños salieron al patio a jugar.
Me miró fijamente, tomó mis manos temblorosas y arregló mi cabello.
“Lo que estás a punto de hacer es una de las más locas y terribles ideas que he escuchado” me dijo dejando una caricia en mi mejilla y retirando su mirada con rapidez para que no captara las lágrimas agolpándose en sus ojos. Asentí y no dije más, el nudo en la garganta no me dejaba responder.
“Devo farlo” (Tengo que hacerlo), al fin le dije sacando fuerzas del fondo de mi alma.
“Hai visto il bambino, Bi?” (¿Has visto al niño, Bi?), pregunté indignada, mientras negaba un par de veces tomando un poco de té para liberar la garganta atrapada entre mi miedo y tristeza.
“Ha mangiato una caramella, Bi. UNA caramella dalla tavola, quale bambino non farebbe una cosa del genere?” (Se comió un caramelo, Bi. UN caramelo de la mesa, ¿qué niño no hace algo así?), le cuestioné mientras la impotencia y frustración se agolpaban en mis lagrimales. Usé el abanico para liberar un poco la presión. "Le bruciò la mano con il tabacco, al punto che Katimba dovette riempire il buco nella sua pelle con delle piante per cercare di calmarla." (Le quemó la mano con el tabaco hasta que Katimba tuvo que rellenar el hueco en su piel con plantas para intentar calmar su llanto).
Mi hermana agachó la cabeza, no se podía decir ni hacer nada más en ese caso. En el patio Dante perseguía a mi sobrina con un sapo en la mano, por lo que tuve que levantarme para quitarle ese animal de las manos mientras me gruñía y lloraba. Su mano seguía vendada, no podía dejar que la ensuciara y volver al principio. Lo alcé llamando a Katimba, necesitaba que lo limpiara y sacara a los niños del estanque. Pero la rabieta de Dante se volvió insostenible cuando fue consciente que iba a hacerle entrar a la casa, solté un grito al sentir una mordida en mi brazo para dejarse caer sobre mi falda hasta el piso y salir corriendo hacia el porche de la casa. Bianca se levantó mirando al niño y atrayendo a su hija hacia ella, mientras yo me acercaba lentamente a ella mientras veía a Dante pelear con uñas y dientes contra Katimba.
“Ti ha morso?” (¿te mordió?), me preguntó mi hermana mirando mi brazo, con las marcas claras de los dientes de Dante en la piel. Lo cubrí con uno de los guantes mientras las lágrimas escapaban de mis ojos al oírlo gritar y llorar en el porche.
“È a questo che mi riferisco, Bianca. Se il bambino è così, è per… Lui” (Es a esto a lo que me refiero, Bianca. Si el niño está así es por… Él), respondí ante su pregunta, aguantándome las ganas de maldecir su miserable existencia. Bianca cubrió su boca sin decir nada, para dejar que otra de las sirvientas se encargara de la pequeña Beatrice. Limpié mis mejillas, los sirvientes no podían verme de ese modo o la paliza en la tarde sería peor. Porque en esta casa nadie está seguro, nadie vive tranquilo. Mi padre me dijo que el día que me casara sería la reina de mi propio castillo y nada me da más risa ahora. ¿Reina? Fui una prisionera, cada día en esa casa era un secuestro donde cada muro tiene ojos y oídos ante cualquiera de mis intentos de escape. Y Bianca lo sabía, todo el mundo lo sabía, por eso no podíamos entrarnos a hablar. Por mucho que me partiera el alma ver a Dante llorando y sufriendo, tenía que dejar a Katimba encargarse hasta terminar mi asunto con Bianca.
“Ora, per favore dimmi che sì lo hai fatto, che lo hai portato...” (Ahora, dime por favor que sí lo hiciste, que lo trajiste…), inquirí a modo de súplica, pues Bianca ya debía ser consciente de mi desesperación. Ella se fue inmediatamente a su canasta de frutas y me la entregó como hacía de costumbre. La tomé sin entender, pero al subir la mirada vi en sus ojos la única mirada comprensiva que había recibido en años.
“Están al fondo”, me aclaró con una sonrisa llena de dolor, para abrazarme con fuerza y aprovechando que así no la vería llorar.
“Abbi cura di te, Lily, quello che stai pensando di fare è troppo pericoloso. Se Guisseppe lo scopre...” (Cuídate mucho, Lily, lo que estás pensando hacer es demasiado peligroso, Si Guisseppe lo descubre…), no tenía que decir más, ambas sabíamos cómo terminaba esa oración.
Como si aquello fuera una visita casual, me dirigí con mi hermana hasta el interior de la casa, donde encontré a Dante tirando todo lo que encontraba en la sala de estar. Al verme, gritó enojado y se dejó caer al suelo con gruesas lágrimas rodando por sus mejillas. Corrí hacia él mientras los sirvientes me imitaban y empezaban a recoger, o esconder, todo lo que Dante había tirado o roto. Inmediatamente lo alcé y lo abracé con fuerza, para irme hacia el cuarto de ropas tras la puerta roja y empezar a arrullarlo. Pude ver de reojo que la venda estaba manchada de sangre, lo que me mostró que la herida se había abierto y ya no sólo era una pataleta más sino que lidiaba con un dolor que no conocía.
“Mami está aquí, mi cielo. Mami te ama, mami está contigo siempre…” le dije una y otra vez mientras lo arrullaba, pero la voz se me cortaba de vez en cuando. Suspiré en cuanto sentí que dejó de luchar en mi contra y empezó a acomodarse más suavemente en mis brazos. Sollozaba acariciándose la mano herida con su mano libre, por lo que lo fui soltando para retirar la venda. Con cuidado fui limpiando su herida, sus ojos y su nariz. Aunque seguía enojado, pude ver que en sus ojos sólo me suplicaba que luchara por él. Que me necesitaba.
Rápidamente tomé todos esos recuerdos que los atormentaban para esconderlos en ese cuarto pequeño en una desesperada metáfora para preservar su inocencia. Y la curación se convirtió en un juego entre los dos que al fin lo hizo reír, para abrazarse a mí y rendirse al cansancio. Salí con mi niño en los brazos, que ya tenía un peso considerable para ser manejado por mí en aquel estado. Katimba corrió hacia mí apenas volví a la sala de estar, que ya se veía impecable, para tomar al niño y dirigirse hacia su cuartito a dejarlo dormir un poco antes de que su padre llegara y la paz de la casa se acabara.
Con Dante tranquilo, me dirigí a la cesta de mi hermana, mientras los sirvientes me informaban que ella había tenido que irse. Probablemente sólo sintió tanto miedo de que Rafaelle llegara y encontrara todo así que prefirió irse. No la culpo, aunque me hubiese gustado haberla abrazado una vez más aunque sea. Sólo una. Sacando y acomodando las frutas, vi en el fondo un pequeño sobre sin sello ni remitente. Cuidando que nadie estuviese observando, lo tomé y lo escondí entre mi vestido, para ir hacia el salón de costura como si nada. De todos modos, era la señora de la casa, no tenía por qué explicarles nada, no a ellos. En el salón de costura, me preparé como cada día y cerré las puertas, para correr por una aguja y usarla como abrecartas. Ahí dentro estaba mi salvación. No pude evitar soltar un par de lágrimas de felicidad al ver el contenido de aquel sobre. Inmediatamente lo escondí entre mis hilos, pues nadie podía meter mano en mis cosas.

(Estación de Nápoles Porta Nolana.
Un pasaje.
Niños.
Talón de entrada.
Válido por un pasaje de ida Fecha: 04 jun. 1844 Hora: 3.00 pm.
Mujeres.)
El día pasó mientras yo evadía sirvientes haciendo nuestras maletas. Intentaba ser lo más cuidadosa posible, pero era complicado con tanto personal rondándome como buitres sedientos de sangre. Pero todo se detuvo cuando el gran reloj de la sala anunció la hora de llegada de Rafaelle. Minutos después se escucharon los caballos deteniéndose frente a la puerta, un par de murmullos y luego los segundos se estiraron tanto que ya había pasado una eternidad hasta que la puerta se abrió y los murmullos se oyeron dentro de la casa. Dante ya estaba despierto, por lo que corrió hacia mi falda cuando escuchó la puerta, pero necesitaba que nada se viera fuera de lugar.
“Ve a saludar a tu papi, mi amor”, sugerí acariciando su cabello, pero él negó varias veces y se recostó en mi falda. Suspiré, seguía enojado por lo de su mano, tenía sentido. Aun así, los pasos por la escalera me indicaron que algo andaba mal. Subió a la segunda planta, eran sus botas lo que escuchaba, pero no se dirigió a nuestra habitación como siempre. No, Dios mío, sólo necesitaba unos minutos más…
Volví a llamar la atención de Dante, para sonreír lo más natural que podía. “Hijo. Mira que tu padre me dijo que cuando llegara, íbamos a jugar a las escondidas. Pero él ya está contando, entonces tienes que correr ya para irte a esconder, ¿bueno?”. Sus ojos se iluminaron, era una preciosidad de niño. Asintió un par de veces, nombrando todos los lugares que se le ocurrían. Lo interrumpí haciendo que saliera corriendo por la puerta justo cuando Rafaelle salía de dónde fuera que estuviese. Sin Dante por ahí, era más fácil lidiar con mi esposo, por lo que simplemente suspiré y puse mi cara de estúpida lo más natural posible. Abrió lentamente la puerta pero no entró, sólo me miró mientras yo me peinaba en mi tocador.
“Oh, caro. Non ti ho sentito arrivare, che gioia che tu sia già a casa con noi.” (Oh, cariño. No te oí llegar, que alegría que ya estés en casa con nosotros), murmuré con la voz más melosa que hasta me da asco de sólo recordarlo. Él no habló, lo que me heló la sangre. Entró lentamente y se posicionó justo detrás de mí, viendo nuestro reflejo en el espejo. Sonrió, pero su sonrisa siempre había sido tan siniestra que la mía se borró instantáneamente. Dejó un beso en mi coronilla y sentí cómo una de sus manos se estacionaba en mi nuca mientras la otra avanzaba hasta mi escote, para meterse entre mis senos y apretar con más fuerza de la necesaria. No reaccioné ni un poco.
“Cuando te elegí entre todas las putas que mi padre trajo a casa, sabía que ibas a ser una yegua difícil de domar, Lilianne. Por eso estaba ansioso por casarme contigo…”, susurró en mi oído, mientras su mano entre mis senos volvía a mi cuello y empezaba a apretar con fuerza.
“¿Dónde está Dante, ‘querida’? ¿Dónde escondiste a mi hijo?”, preguntó en lo que ya iba sintiendo que me quedaba sin aire. Llevé las manos a mi cuello, intentando liberar la presión mientras negaba. Empecé a golpearlo.
Ese momento fue como dar rienda suelta a la bestia. Aunque hubiese sabido, no iba a permitir que Guisseppe volviera a lastimar a mi hijo frente a mis ojos, sin importar cuántos golpes yo tuviera que aguantar. Aunque no aguanté.
De un segundo a otro vi cómo el suelo se acercaba a mi rostro, por lo que me cubrí rápidamente y recibiendo el impacto. Me dejó sin aire, pero no sin fuerzas para intentar arrastrar mi cuerpo hacia la salida, aunque sabía que no había para dónde huir. La casa era su prisión, podía encontrarme donde quisiera. Pero él se adelantó y su bota se enterró en mis dedos, mientras un grito agudo salía de mi boca. Sentí cómo su bota hizo trizas mis dedos, lo que irónicamente me despertó del letargo del primer golpe, para batallar contra su bota y liberar mi mano. Pero ninguno de sus golpes me dolió tanto como cuando vi caer a mi lado cuatro pedacitos de papel. Volví mi mirada a sus ojos reventados en sangre, mientras recogía los boletos que acababa de romper delante de mí.
Lo siguiente no lo recuerdo con tanta precisión, mi mente sólo quería desesperadamente adivinar cuál de todos los sitios había elegido mi hijo para esconderse y rogar que Guisseppe no lo hiciera primero que yo. Aunque la caída por las escaleras sí la recuerdo bien por el dolor. Algo en mi brazo se desencajó mientras caía, mientras que mi pierna exhalaba un dolor indescriptible. Como pude me puse en pie llamando a Dante a gritos, queriendo resguardarlo porque sabía que sería el siguiente. Pero la bestia, como si ahora también tuviese habilidades sobrenaturales, apareció detrás de mí y tomó mis cabellos para arrastrarme por todo el primer piso hasta la sala de estar. Fue en ese momento donde fui consciente de la herida que sangraba en mi frente. Me limpié con una mano mientras intentaba luchar con la otra, que me hacía gritar de dolor cada que la movía. “¡¿Dónde mierdas escondiste a mi hijo, puta ramera de mierda?!”, soltó con un grito gutural que me hizo creer genuinamente que era un animal.
Dios, por favor. No permitas que lo encuentre, no permitas que el niño quiera defenderme y salga de su escondite, no permitas que se asuste y haga ruido. Dios, no te pido nada más que por él, Dios escúchame ahora que sí te necesito, sólo deja que mi niño sobreviva, deja que tenga una buena vida. Déjame verlo una última vez, déjame saber que estará bien y así puedo irme.
Ya no tenía nada que perder, lo sabía. En cuánto me soltó, todo el peso de mi cuerpo se fue encima de él con una caída tan estrepitosa que fue la primera y única vez que lo oí gritar de dolor. Su pierna, había hecho un daño importante en su pierna y yo lo sabía. Por primera vez en este podrido matrimonio, mi esposo y yo teníamos algo en común, que ironía.
Pero sus habilidades sobrenaturales se hicieron presentes, pues pude ver cómo se levantaba y cojeaba hacia mí. No luché, ya no había nada por lo que luchar, estaba condenada. Acepté mi condena como la prostituta que muere apedreada sabiendo que su destino ya estaba escrito. Y sólo pensé en Dante, en mi niño. El otro mes sería su quinto cumpleaños, ya se estaba volviendo un hombrecito. Aún era demasiado tímido, hacerlo hablar era todo un reto y la institutriz lo había hecho aún más callado.
Y lo siguiente que vi fue mi sangre goteando en la cocina. No sé cómo habíamos llegado ahí. Me levanté, no quería que lo último que viera este inmundo animal fuera a mí cediendo ante su podrida figura. La pierna palpitaba, el brazo colgaba de forma antinatural. Mi costoso y elegante vestido ahora se veía tan destruido como yo, por fin parecía mío. Escupí la sangre que se agolpaba en mi boca, para sonreír hacia él y dar una pequeña referencia en un tono tan burlesco que lo último que faltaba de su ira se desató. Y fue cuando su puño se estrelló en mi pómulo que lo vi. Asomado tímidamente tras la puerta roja había un par de ojos azules mirándome en pánico.
Y todo se oscureció para siempre.






Comentarios