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Vivere in solitudine, morire... In solitudine, rinascere... In solitudine.


Estaba recostado al borde del río, moviendo suavemente la mano en círculos dentro del líquido, distraído, mientras sus ojos volaban rápidamente por el cielo nocturno y su mente vagaba por otro universo.

Era 1860, y sus trastornos aumentaban peligrosamente, haciendo que su descontrolado cuerpo sucumbiera a deseos masoquistas.


—Basta —murmuró la joven chica, entrando en el establo con lentitud.


No quería verla. No quería ver a nadie más que su propio reflejo lleno de odio. Sin embargo, evitó mirarla y se mantuvo estático en su lugar.


—Dan, esto no puede seguir así... No sé qué te pasa ni por qué, pero necesito que acabe, porque te extraño. Extraño tu cariño y tu ternura... Dan, te necesito.


La chica ya se encontraba a unos centímetros de él, y el pánico empezaba a invadirlo.


—Mar, vete. Vete antes de que pase algo peor...


Pero ella no atendió la advertencia y acarició su brazo con su característica dulzura, borrando cada una de las sombras que lo atormentaban.

Suavemente lo atrajo hacia sí y empezó a colorear cada gota de su oscuro mundo.


Y su mente no le permitiría recordar lo mejor que había pasado en su vida, trayendo la soledad y la agonía de nuevo a su realidad: aquel bosque oscuro y espeso que le recordaba intensamente cómo sería cada día de toda su vida, por el resto de la eternidad.

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