Vivere in solitudine, morire... In solitudine, rinascere... In solitudine.
- Camila Alejandra Sarmiento Espinel
- 3 nov 2025
- 1 Min. de lectura

Estaba recostado al borde del río, moviendo suavemente la mano en círculos dentro del líquido, distraído, mientras sus ojos volaban rápidamente por el cielo nocturno y su mente vagaba por otro universo.
Era 1860, y sus trastornos aumentaban peligrosamente, haciendo que su descontrolado cuerpo sucumbiera a deseos masoquistas.
—Basta —murmuró la joven chica, entrando en el establo con lentitud.
No quería verla. No quería ver a nadie más que su propio reflejo lleno de odio. Sin embargo, evitó mirarla y se mantuvo estático en su lugar.
—Dan, esto no puede seguir así... No sé qué te pasa ni por qué, pero necesito que acabe, porque te extraño. Extraño tu cariño y tu ternura... Dan, te necesito.
La chica ya se encontraba a unos centímetros de él, y el pánico empezaba a invadirlo.
—Mar, vete. Vete antes de que pase algo peor...
Pero ella no atendió la advertencia y acarició su brazo con su característica dulzura, borrando cada una de las sombras que lo atormentaban.
Suavemente lo atrajo hacia sí y empezó a colorear cada gota de su oscuro mundo.
Y su mente no le permitiría recordar lo mejor que había pasado en su vida, trayendo la soledad y la agonía de nuevo a su realidad: aquel bosque oscuro y espeso que le recordaba intensamente cómo sería cada día de toda su vida, por el resto de la eternidad.






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