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La Mariposa Que Camina

Érase una vez la historia de una mariposa con las alas frágiles.  Los demás bichos la veían caminar con su par de alas preciosas e imponentes. “Qué tonta mariposa”, pensaban. “De nada le sirve tener ese par de hermosas alas si no va a volar”. Todos se burlaban de ella, la pobre mariposa que camina.

Por otro lado, las demás mariposas iban a buscarla a las flores donde se escondía y la tiraban de ahí para incitarla a volar.  Pero ella sólo caía de las flores al suelo, pues el dolor y el miedo de una ala rota la paralizaban y le hacían replegar sus alas al golpearse contra la tierra.

Desde arriba, las demás mariposas sólo veían un par de hermosas e imponentes alas penosamente tiradas en el suelo.

Cuando iba en búsqueda de comida, los demás insectos admiraban la majestuosidad de su par de alas. Algunos con pesar, otros con envidia.

“No mereces tus alas”, decían las demás mariposas. “No mereces tus alas”, decían los insectos que no volaban. “No merezco mis alas”, decía la pobre mariposa mientras las limpiaba de tierra y barro. Ya no le importaba lo lindas que fueran o lo imponentes que se veían. Nada de eso le era útil si no podía volar.

 Esa noche, la mariposa decidió que no soportaría más malos tratos por no poder volar. Se subió a la cima de un árbol y decidió que sería ahora o nunca. Volaría o moriría en el intento, pues de nada le servía mantener en perfecto estado tan bonitas alas si sólo iba a ser objeto de burla para el resto de insectos. Además, todos tenían razón acerca de ella. Ser mariposa implicaba directamente poder volar para conseguir su precioso polen en las flores de los árboles. Y ella, caminando entre la tierra y el barro no se distinguía de una hormiga o un escarabajo. La naturaleza la había dado una función y una herramienta, tenía que volar.

La mariposa escaló con valentía aquel alto árbol que ya conocía, del que se alimentaba de vez en cuando, hasta un punto al que nunca había llegado. Decidió no mirar el suelo, pues toda la valentía que había recogido mientras escalaba quedaría en el borde de sus temblorosas patas si lo hacía. Sin pensarlo dos veces, la mariposa se lanzó al vacío y extendió su par de alas para empezar a agitarlas con todas sus fuerzas.

Por un par de metros, el viento y sus alas se hicieron uno y voló por los aires como nunca antes. Desde ahí podía ver todo lo que nunca antes pudo siquiera imaginar. Los enormes árboles se erguían a su lado, las flores saludaban tímidamente desde el suelo con los colores más preciosos que sólo podía ver desde las sombras de sus hojas. Innumerables insectos quedaban atónitos al ver sus preciosas alas volando por el cielo. La luz del sol le pegaba directamente como nunca antes, mientras el hermoso color del cielo se abría ante sus ojos. El espectáculo era algo indescriptible, terminando con un maravilloso jardín que podía ver casi justo debajo de ella. Tenía todo tipo de flores que ella nunca había visto, plantas que subían por los árboles y terminaban en brotes llenos de colores que la mariposa no había siquiera imaginado. Después de tanto tiempo envuelta en barro y tierra, en grama y hojas secas, la mariposa sentía que toda su vida se resumía en aquel vuelo.

Dispuesta a llegar por aquellos extraños brotes, la mariposa intentó dirigir su vuelo hacia el jardín, pero un dolor punzante en su espalda la paralizó y le hizo revolotear con el viento sin control. Descendió envuelta en miedo hasta estrellarse con el frío suelo que tanto conocía.

Se arrastró como pudo para resguardarse de alguna traviesa avecilla que estuviera al acecho, utilizando toda su fuerza en sus pequeñas patas para esconderse en el borde más cercano de vegetación. Al llegar, se encogió de dolor sollozando, mientras abrazaba con sus patas delanteras su pequeño cuerpo, desmayándose en el acto.

 

Era una mañana hermosa. Las flores se mecían con una brisa inusualmente encantadora. Un rocío había dado nueva vida al jardín, mezclándose con preciosos rayos de sol que caían estratégicamente en los nuevos brotes que lo necesitaban. Como era su costumbre, la jardinera salió a su jardín trasero para atender sus plantas. Con el amor que la caracterizaba, se encargó de cuidar flor por flor y panta por planta. Llegando al borde de sus brotes nuevos, encontró un pequeño y precioso par de alas tiradas en el suelo. Era la mariposa más hermosa que había visto, por lo que temía que el frío y la brisa la hubiesen matado. La pequeña mariposa se arrastraba con dificultad por el suelo, buscando alguna esquina donde refugiarse. Embelesada por tanta belleza en tan pequeño animal, la jardinera estiró sus manos hacia la mariposita y la levantó con extrema delicadeza. La llevó al interior de su casa, que gozaba de un ambiente fresco y libre de algún otro animal que pudiese hacerle daño. Exhausta y llena de temor, la mariposa no tuvo más opción que rendirse en las extrañas manos que ahora la tenían, arrastrando con supremo dolor la parte de su ala que se había roto.

Apenas la jardinera notó una de sus alas rotas, tomó con su dedo aquel diminuto pedazo y le ayudó a moverse hasta un lugar más cómodo. Puso a su alcance tanto néctar como agua necesitase. La cuidó con amor y atención, la ayudó a moverse y trató de reparar su ala lo mejor que pudo. Poniendo el pequeño animal en su hombro, la mantuvo abrigada y le brindó la posibilidad de conocer todo el mundo que jamás habría imaginado. La mariposa y la jardinera se volvieron una, creando una conexión jamás vista entre humano y bicho. El mundo que se había mostrado tan hostil para aquella pequeña mariposa ahora se abría ante sus ojos desde el hombro de su amada jardinera. Su ala nunca sanó y no volvió a volar jamás, pero siempre tuvo el fiel y suave hombro para poder sentirse segura y tranquila hasta el último de sus días, cuando el suave revoloteo de sus alas cesó sobre el hombro de la jardinera.

De la mariposa no quedó más que un tatuaje colorido en el hombro de aquella mujer y un recuerdo de un amor incondicional la una por la otra.

 

FIN

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