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Il dolore è un basso costo... Quando ne vale la pena


Apenas logró ponerse en pie, los restos del espejo que aún se mantenían en la pared mostraron a un chico más pálido de lo normal y con las venas marcadas en su piel azulada.

Miró sus manos y las lavó con velocidad para quitar la capa de su propia sangre que las cubría y recibir los mismos síntomas.

¿Cuánta de su propia sangre había vomitado?


No pudo procesar aquel hecho, pues un dolor intenso se adueñó de su abdomen y las arcadas volvieron, pero ya no resultaban en un espeso líquido carmesí.

Ahora era un líquido verde que, no sólo salía cuando vomitaba, sino que parecía escaparse de su boca cuando intentaba tomar aliento.

Esa era una clara señal de las continuas perforaciones en el hígado o la vesícula… o ambas.


Sabía que debía salir de Nápoles y llegar al hospital, pero no tenía idea de cómo lograrlo si el solo ver la puerta le causaba mareos.

Se dejó caer entre la cama y un viejo escritorio, admiró el techo mientras la bilis seguía saliendo sin control por su boca.

¿Para que las parcas vinieran tenía que estar ya muerto o agonizando ya era suficiente? Porque fácilmente podía esperarlas ahí tirado.


Miró hacia el escritorio donde descansaba la libreta con los dibujos e intentó agarrarla, pero se ahogaba con su propio vómito y los dolores no le permitían muchos movimientos.

Afortunadamente recordó que antes de salir se había puesto el anillo y simplemente levantó la mirada para admirar la pieza.


«No me dejes, te necesito», escuchó en el fondo de su mente la voz de su pelirroja y la frustración lo invadió.

Sí, había decidido ganar la guerra contra su lado oscuro, pero ¿qué más podía hacer?

Estaba bañado en vómito y sangre, su sistema colapsaba lentamente y la pérdida de sangre lo dejaba inerte.

Sangre… ¡Sangre!


Como pudo, se levantó para arrastrarse hasta la licorera y sacar el pequeño frasco con sangre de su líder.

Lo tomó con fuerza y se sostuvo de las paredes hasta la puerta de su recámara.

Ahí, en el marco, abrió el frasco y bebió la mitad del contenido, haciendo grandes esfuerzos por no vomitarla.


Aquello no era el elixir de vida vampírica, pero fue suficiente para aparecer en las puertas de Nápoles, rogando internamente porque los cocheros no hubiesen decidido tomar la noche libre.

Por fortuna, sus plegarias fueron escuchadas y a lo lejos retumbó el sonido de los caballos, abriendo una luz de esperanza en los claros ojos del chico.


Apenas el cochero pasó frente a las puertas del castillo, el vampiro se armó de fuerzas para dar unos cuantos pasos y caer de rodillas ante el carruaje.


—Ne-ne-necesito... hospital, por f-favor.


Intensos escalofríos lo invadieron mientras todas sus fuerzas se desmoronaban ante el sujeto que, con suma misericordia, lo ayudaba a subir al carruaje y hacía mil preguntas que el vampiro ya ni oía.


Los baches del camino despertaban más sus dolores, trayendo breves momentos de consciencia.

El carruaje, oscuridad.

El cochero, oscuridad.

Un edificio blanco, oscuridad.

Techos blancos y puertas abriéndose de golpe, oscuridad.

Después de un momento, sólo oscuridad.


Nunca pensó que estar al borde de la muerte le daría la mejor siesta de su vida, pero ahí se encontraba, durmiendo plácidamente en una camilla de hospital mientras dos tubos salían de sus muñecas: uno transparente y otro escarlata.

Tenía el típico aparato de los bips conectado al dedo índice y una máscara de oxígeno, además de aquellas indecentes batas abiertas por detrás.


Como todo lo bueno dura poco, Dan despertó de un golpe y la angustia por su paradero lo invadió.

Las imágenes fugaces de lo sucedido volvían a su mente junto con una terrible jaqueca.

Inmediatamente quitó las sábanas que lo cubrían y levantó la bata sin pudor alguno para ver la herida en su costado y gritar eufórico.

Pesadilla oficialmente terminada.


Se recostó en la camilla con una sonrisa victoriosa y extendió el dedo medio a su subconsciente.

Hierba mala nunca muere.


Existe una expresión que dice: «no cantes victoria antes de asegurarla». Y era muy cierta, pues Dan había sido informado de que su tira y afloja con su subconsciente había terminado peor de lo esperado.

Ahora debía esperar que su organismo volviera a aceptar la parte extirpada o necesitaría una nueva intervención.

Por suerte, eso se refería más a magia que a medicina.


Llevaba unos cuantos días siendo alimentado por el tubo en su mano izquierda mientras lograban adecuarle de nuevo su reincorporado estómago, pero ese día era la prueba de oro.

Hora de probar si realmente podía irse ya.


Una bolsa de sangre esperaba pacientemente en sus manos, mientras el vampiro titubeaba.

Sería un engaño negar que ahora tenía un nuevo trauma en su larga lista, pero sus entre-siestas en medio de un charco de sangre no eran una imagen satisfactoria.


Suspiró y acercó la bolsa a sus labios para dejar que el líquido carmesí pasara por su garganta unos segundos antes de parar.

Su abdomen se contrajo y creyó sentir náuseas, pero después de quince minutos esperando, oficialmente podía cantar victoria.


No sabía cuánto había pasado, pero realmente agradecía volver a estar en Nápoles en una pieza… literalmente.

Recogió uno de los pedazos de espejo que aún estaban ahí, miró el pequeño trozo e hizo un corte profundo en su brazo, que significaba el primer día de lucha contra él por su pelirroja.


La verdadera guerra apenas comenzaba.

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