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- Camila Alejandra Sarmiento Espinel
- 3 nov 2025
- 2 Min. de lectura

Moverse dolía, respirar dolía, todo dolía.
El vampiro abrió lentamente los ojos, mientras todos sus sentidos gritaban alterados y su consciencia hacía hasta lo imposible por despertarle. El dolor en su vientre era insoportablemente agónico, mientras sentía un líquido espeso salir de su boca.
Palpó sus labios y miró sus manos, completamente ensangrentadas. El pánico se derramó en cada nervio. Cuando intentó girarse, su abdomen protestó con tal fuerza que sintió desfallecer.
Se recostó sobre un antebrazo y miró una enorme herida en su estómago. Gritó horrorizado al ver, a pocos centímetros, la daga cubierta con su sangre y su propio órgano a la vista.
Intentó controlar sus nervios, pero su mirada no podía apartarse de aquello. Se obligó a respirar y observar los pasillos vacíos, buscando cómo devolver todo a su sitio. Tomó el órgano con manos temblorosas, bañado en sudor y desesperación.
La única idea que le quedaba era arrastrarse hasta el baño, usar el espejo para introducir nuevamente el órgano y esperar que el vampirismo hiciera lo suyo. Con gemidos de dolor, se deslizó lentamente hasta el baño y descansó un momento para tomar aire.
—Bien... Esto no será tan difícil, sólo...— murmuró.
Agradeció haber roto aquel espejo antes: los pedazos estaban justo donde los necesitaba, al nivel del suelo. Tomó uno y lo posicionó sobre la línea curada de la herida. Cerró los ojos y reabrió la herida con un aullido de agonía.
—Ok, ok... No fue difícil— jadeó, cada respiración convertida en un lamento. Limpió la sangre con papel, tomó otro fragmento limpio del espejo y lo colocó de modo que pudiera ver la herida. Estaba a punto de operarse a sí mismo.
Volvió a tomar aire y metió la mano en la herida, gritando de dolor mientras luchaba por no desmayarse. Debía encontrar los conductos cortados y unirlos a los extremos del estómago que sostenía, recordando lo que había leído, aunque tener el órgano en las manos era muy distinto a verlo en un libro.
Cada tanto cerraba los ojos, respiraba y continuaba. Finalmente, introdujo el órgano en su lugar y unió los conductos. Soltó el espejo y usó ambas manos para sostener los extremos, quedando casi inconsciente en el suelo.
Abrió los ojos con esfuerzo y miró su abdomen. Retiró lentamente los dedos de la herida y rogó que el estómago se mantuviera en su sitio. Tomó el espejo: el éxito se reflejaba en su torso. Sonrió débilmente y se dejó caer al suelo, exhausto pero satisfecho.
Se irguió con una pequeña risa triunfal… hasta que comprendió su error.
A la hora de separar el estómago de su cuerpo, los ácidos gástricos se habían dispersado por todas sus vísceras. Ahora tenía un sinfín de úlceras en cada órgano.
Tenía que ir al hospital.




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